sábado, 14 de noviembre de 2009

PUEBLO PERDIDO


TITULO 3
HISTORIAS DE PUEBLO
CAPÍTULO VII

LA CARRETA DE LA MUERTE

La guerra del desierto nortino ha terminado hace apenas dos años, y las haciendas de Coltauco, todas de la familia Zamorano y parientes cercanos, están sumidos en la desesperanza. Desde el norte se avisa que una peste desconocida acaba con pueblos enteros, que ancianos, adultos y niños no escapan de la mortal plaga.

Muchos piensan que es la maldición de una guerra atroz, donde los soldados chilenos cometieron atrocidades contra civiles peruanos, alejándose de las reglas del honor en la lid.

Los más supersticiosos, creen que es el anuncio de las escrituras sagradas, y que las palabras escritas de San Juan, se harán realidad pronto: El Apocalipsis viene, a paso sigiloso y sin retorno.

Un día de verano, antes de navidad, muere un anciano con los síntomas de la nueva peste, una fiebre tan alta como nunca pudo soportar un alma y nada pudieron sus hijas hacer. Pronto ellas mismas sintieron los síntomas y para evitar contagios, se han encerrado en su casa para morir en paz.

El cura del pueblo ha exigido que todos aguarden en sus casas, que la enfermedad parece contagiosa y evitar reuniones es lo mejor. Si hasta las misas se suspendieron por mandato del Señor.

Dentro de la semana siguiente los muertos suman y siguen. Todos inquilinos, de la parte más cercana al río Loco. Las familias de la parte alta del pueblo no muestran síntomas y se han encerrado en sus casas para no salir. Hasta los perros callejeros han sido sacrificados, y los guardias de seguridad del patrón han montado guardia fuertemente armados para repeler a aquellos moribundos que se acercan a pedir ayuda.

El médico del pueblo ha sido recluido en la hacienda de San Luis, y no puede visitar a los pobres, por que todos están enfermos.
-Mi señor, esta es una enfermedad de los pobres.
Alega el cura.
-Así parece mi amigo.
Asegura el patrón con alivio. El médico del pueblo los mira con pena. El no cree lo mismo, pero mientras no sepa el origen de tan mortal enfermedad, prefiere quedarse recluido en tan elegante cárcel de lujosas paredes y elegantes muebles.
-Tendré que despedir a la servidumbre.
Comenta el patrón con preocupación.
-...O los hace ricos!...
Le complementa el doctor, casi molesto. Su formación científica lo convence de que casi siempre el Supremo le da sombreros con muchas plumas a quien no tiene suficiente cabeza.
- Algo haré al respecto.
Sentencia el hombre, llevándose su mano derecha al mentón en señal de sabiduría.
- Nuestro Señor bendecirá también su generosidad con la capilla don Luis.
Comenta con reconocido interés el sacerdote, mientras abandona la sala.

Con los meses, Coltauco se convirtió en un caserío de jaulas humanas, los niños veían pasar todos los días hacia el norte una carreta tirada con una collera de bueyes robustos y cargada de cuerpos inertes rumbo a un cementerio que nadie conocía, por que el cementerio de la Iglesia apostólica romana, ha negado su ingreso a los muertos por tan maligna peste, por temor a ser causada por el demonio.

La carreta de la muerte, como tímidamente la llamaron los lugareños, pasaba todos los días, cargada por completo, guiada por el que al día siguiente sabía que ocuparía un lugar sobre ella. Con la picana en mano, apurando a los bueyes, obedecía a la muerte esperanzado en que él sería el último que tan desagradable visita se llevaría.

Más tarde se supo que los muertos eran enterrados por enfermos en un pequeño cerro isla, lejos de toda población. Con los años bautizaron ese lugar con el mismo nombre de la mortal bacteria: El Cólera. Los muertos, todos eran bebedores del cauce del río, contaminado por completo por la población del norte. La gente de las tierras altas, recibía aguas de vertientes del cerro Quillayquén, puras como el corazón del Toqui, que según la leyenda, lo formó, por lo que nunca enfermaron. Los pocos inquilinos de las tierras bajas que sobrevivieron, sólo consumían agua hervida.

Tarde descubrieron que el agua clara del rio, la misma que saciaba la sed del esforzado obrero en sus interminables días de trabajo, traía la muerte escondida en una invisible pero letal bacteria.

5 comentarios:

Anne dijo...

Que pena, que llego la peste , al querido pueblo!!!,
Los rios, portadores de vida y de muerte, la pena es que siempre , el hilo, se quiebra por la parte mas delgada, o sea los que menos tienen.-
Muchos cariños, Ivan, y como me gusta tu amistad!!!!

Anne

victoria dijo...

Mi querido amigo,siempre en mi vida he visto lo mismo,los que sufren son los menos tienen y nopiensen que las autoridades hacen por ello,ni hablar,cuando hacenalgo es con doble intención,para salir en televisión o propaganda electoral,luego siguen siendo los olvidados..Gracias por compartir.Con cariño Victoria

ivan-medina dijo...

gracias amigas mías por su tiempo y sus palabras. Pasen cuando quieran!!!
abrazos y besos.

AnaR dijo...

Como en la vida misma, casi...

Un saludo

mardelibertad dijo...

Pase por tu blog y me gusto lo que lei.
Historias del pasado leidas hoy,
En el hoy otras realidades para contar.
Saludos